jueves, 24 de julio de 2008

LA OBSESIÓN DE ESCRIBIR, LA OBSESIÓN DE EDITAR

Es muy conocida la observación según la cual los colaboradores habituales de prensa, obligados a escribir a plazo fijo y a cumplir los compromisos que han contraído, acaban viendo el mundo en forma de artículo de diario. La búsqueda de temas, el planteamiento de cuestiones, la percepción de la realidad misma se transforman: la obsesión de redondear una pieza bien hecha, seductora, ingeniosa, escrita con las dosis apropiadas de referencias explícitas o implícitas, de ideas más o menos originales, intencionada, todo acaba imponiendo su ley. La escritura en estas condiciones (y también en otras condiciones no tan sujetas al plazo más inmediato, pero a menudo igualmente tiránicas o más todavía) se convierte en una obsesión. Salvando las distancias, el oficio de editar también tiene un punto de obsesión, porque comparte algunos elementos esenciales, como la elaboración de propuestas interesantes y seductoras, bien presentadas, intencionadas, con un contenido de ideas considerable. Siempre subyace la intención de intervenir, de alguna manera, en el debate intelectual o estético del momento que nos ha tocado vivir. La edición, al fin y al cabo, también tiene una dimensión creativa. Y por eso tiene un lado obsesivo, con efectos a veces productivos y estimulantes. La aparición final del producto impreso produce un alivio considerable, con un componente de satisfacción que se parece también bastante al placer que experimenta el autor cuando toca finalmente el libro recién llegado de la imprenta. Esta mezcla de sensaciones se presenta de una manera especial cuando hablamos de esta variante de las publicaciones que son las revistas. Tienen la peculiaridad de que el tiempo, la periodicidad, la puntualidad, son rasgos insoslayables que imponen duramente su ley, y que la intención y la voluntad de intervención en los debates intelectuales, estéticos, y al fin y al cabo políticos, es todavía más patente. Claro está que hablamos de un tipo especial de revistas, las de cultura y pensamiento.
Hace poco la aparición casi simultánea de Caràcters 44, L’Espill 28 y Transfer 3 me ha sugerido este tipo de reflexiones. Una aportación para construir este país de revistas que, como dice el lema de la exposición organizada por la APPEC para conmemorar su 25º aniversario, parece que somos. Pero acto seguido la realidad, con la carga brutal de su peso indefectible, ha cortado en seco cualquier tentación de satisfacción. Estos días, la evocación del término "País", no sé exactamente por qué, me provoca enseguida reflexiones que oscilan entre la melancolía y la indignación. Y con respecto al panorama de revistas, sólo apuntaré que bien puede ser compacto y brillante, sí, pero sufre demasiado la anormalidad de una cultura con problemas serios para conectar con su sociedad. Algunos, en vez de pensar en resolver estos problemas, todavía quieren añadir nuevos, siguiendo los caminos tan conocidos que nos han llevado a ser "referentes en Europa" y "líderes mundiales". Mirándolo bien, ahora no sabría decir en qué materias.
Gustau Muñoz

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